La Mala Gente y otras historias...

La Mala Gente y otras historias (peich antes conocida como "Milton y sus pajas mentales") forma parte de la carencia de instinto de superación, de la falta de cordura y sesera de su propietario; es sólo otro pasaje más en la vida de cualquiera, narrado de forma histriónica, compulsiva y atropellada, en la que uno se da cuenta que lo único que le mantiene en pie son esas pequeñas cosas tan poco valoradas y tan cercanas a todos. Que ya lo decía un cuento -recopilado por Enrique Mariscal en su libro "Cuentos para regalar a personas originales"- que en el cielo existe la bendición de la gracia, la armonía y la oportunidad; en el infierno, ronronea el aburrimiento, la atención a lo nimio y la argumentación excesiva. La buena onda se contagia, y la depresión también.
Esto va dedicado a los que propagan ese aburrimiento, esa atención a lo nimio, esa argumentación excesiva (modificado el 22 de enero del 2008). Roberto Amado Pazos

jueves 2 de julio de 2009

A los que están vivos, por los que están muertos.

Nervioso. Estoy nervioso. Me han pedido que vuelva a soltarla, a escribir algo como si fuese mi primera vez, a intentarlo de nuevo, y empecé recordando a aquella chica de dorados cabellos y brillantes ojos desnudándose delante de ti mientras, en un momento de pudor, tapabas tus sonrojadas mejillas poniéndote en la entrepierna un almohadón. Y en cierta manera, así es. Así fue mi primera vez. Como ahora, nervioso. Empezó fugaz, rápido, indoloro, inexperto e insípido, como si no te lo creyeras. Te desperezas de tus sábanas como quitándole importancia, cuando las calles no se han puesto todavía, y navegas entre sueños de tiempos mejores y mantas no tan sombrías, para darte de bruces con la luz centelleante que ilumina la avenida de los botellones, enfrascado en esmoquin de aguas y reflectantes que evocan constantes miradas de esperanza y ternura. Abriste la puerta, su puerta, perplejo. Como todas las veces. Miraste a un lado y al otro, y tardaste varios segundos en darte cuenta que aquello bien podría ser tu hogar en otro tiempo. Te dejó pasar, entre jadeos y susurros de desesperación. En la mesilla de noche había fotos de niños, y en tu juego mental de verlo todo desde otro punto de vista, recordaste lo sencillo que resultó meterle un gol de campeonato a uno de tus primos pequeños, por la escuadra, al momento que tu sobrina gritaba de júbilo y satisfacción y se te abalanzaba dispuesta a celebrarlo. Gritos y abrazos. Los tienes justamente ahora, pero no van en ese sentido, ni de lejos. Comiste apurado por los pasillos desmemoriados y asépticos de un silencio roto a ratos por retales de una vida que solamente verá su fin cuando éste tenga lugar. Pero no llegaba y tú estabas allí para averiguarlo, de forma instantánea, yendo directamente a ver a la camarera cachonda y dar media vuelta sin pasar ni por el retrete ni por los hombros del portero mazas que te conoce. Bajé las escaleras buscándome a mi mismo para acabar por no encontrar lo que buscaba, y volví a subir acelerado con más oxígeno del que abarcaba mi mano para ver cómo respirabas a tirones, entre mascarillas y tubos de plástico, como adornos navideños que sobran en el árbol, como los de aquel circo en el que cené con mi chica, rodeado de jaulas con leones de peluche, payasos camareros y maitres faquires que soportaban estoicamente las quejas de la clientela, retrato fidedigno de las fronteras a las que nos enfrentamos asiduamente, en esa lucha eterna entre lo real y lo que queremos ver, te bajé hasta la ambulancia sudando canciones de baile de graduación ásperas para poder consolarme al ver tanto dolo en alguien que, injustamente, no conseguía ni llorar. Normal, me dije. Acostumbrados a ese algodón ponzoñoso del que no queremos escapar, cualquier rasguño nos vale una tirita, material subversivo de nuestros engaños, que nos sirve, una vez más, como una mentira a la que no tardaremos en acudir una vez que los ojos de esa chica se acostumbren a ti, y decidas, tras unos cuantos órdagos, apartarla de tu vista y volver a empezar. No cejé en mi empeño en olvidarte, pues mi trabajo me lo exige, hasta que fue demasiado tarde, y harto como estaba de tomarte el pulso y la saturación en sangre, te miré a los ojos, grisáceos de fondo y blanquecinos en los bordes, y me dijiste, sin mover los labios salvo para respirar tu última bocanada, me muero. Te dejé con vida en triage, y el celador de turno sentenció cátedra demostrando que la experiencia es un grado. Sin apenas vanagloriarme tras el trabajo bien hecho, te dejé marchar con tu penoso aliento y supe, mientras limpiaba las manos de ese olor plástico mezclado con el tuyo, almizclado y desagradable como era, que en esos segundos que te dije adiós, tú ya no estabas. Tú te moriste en mis manos, cabrón. Y yo solamente hacía mi trabajo. Al volver agarré mi bolsa y me cambié. Metí las llaves en el contacto del coche y coloqué un cd en el reproductor y bajé la ventanilla. El sol bañaba las calles de un color anaranjado, levantando torres de sombras a su paso enfiladas, dejando entrever los últimos fantasmas de una urbe que siempre duerme, aun con los ojos abiertos y observando desgracias ajenas, contándoles sin tapujos la verdad única que rige la vida y la muerte, el dolor y el sufrimiento, la sangre, las vísceras, huesos músculos y piel. Los días pasan, la vida sigue. Todo lo que empieza, como esto que escribo, futil e insulso, acaba caótico, desgraciado y sin sentido. Pero son solamente palabras. No tiene por qué ser así. Recibo un mensaje. Un colega ha sido tío. Ha nacido alguien. Unos vienen, otros se van. Está amaneciendo y suena Reckoner de Radiohead. Para mí el día ha terminado. Son las 8:34 de la mañana. Arranco el coche.

miércoles 22 de abril de 2009


Aquí expondrán otros. Aquí expondré yo.
Desconectado por estudios hasta nueva orden...

martes 3 de febrero de 2009

Bolsas de plástico de color blanco.

Nadie dijo que la morgue fuese la tétrica morada de los sosegados, ni que las maletas que llevamos a cuestas con nuestra vida pesasen tan poco. Pero así es. Y no hace falta tirar de bibliografía para educarse en cuestiones del corazón ya que, y como dicen los filósofos, a ese hijoputa no hay quien le enseñe nada. Así que, la única manera de hacerle frente es estando detrás de la barrera, con la razón de tu lado. Y no es difícil. Sólo hay que estar en el momento inoportuno y en el sitio inadecuado. Llegado ese punto, lo único que tienes que saber de antemano es cerrar la boca y ponerte a escuchar. He de reconocer que me he pasado media infancia y media adolescencia yendo de hospitales como quien se va de cañas. Las salas de espera se vuelven familiares, y las palabras que albergan tuercen por momentos la espalda del mundo para ponérnosla en la cara y sentir, por unos segundos, el frío que vuelve los pelos de punta. Demasiados algodones recubren nuestra sesera desde que nacemos que parece una tontería ponerse a llorar por algo que merezca la pena porque, al fin y al cabo, cuesta más eso que comprarte uno nuevo. Y la frivolidad pasa a ser el alimento de la burocracia, con la excusa de tener que sonreir hasta en los momentos pésimos de nuestras vidas, para acabar siendo caldo de cultivo de nuevas generaciones imberbes, alérgicas a la lactosa pero no al lagrimeo facilón y la desgracia ajena. Por eso transcribo mentalmente las sensaciones que emanan de lugares así. Porque en el fondo me duele. En el fondo es una putada. Y es siempre la misma. La misma cara de estupefacción, de no acabar creyéndolo, de la incredulidad inicial y la mala hostia final, de querer buscarle tres pies al anuncio de la teletienda, como convenciéndote a ti mismo de lo poco que vale la mentira, por mucho que la quieras tener contigo. Por eso es difícil enseñar a corazón. Solamente entiende aquellas cosas que no ves, que no sientes, que no padeces. De ahí lo de estar en el lugar inadecuado. Pero aquí es demasiado como dar la vuelta y pedir que canten un bis, y que ello te deje un gusto menos agridulce. Siento decirte que es una jodienda, y que no hay forma de escapar. Por eso, una vez asimilado, son siempre las mismas caras de angustia, dolor y decepción las que reinan entre las cuatro paredes. Tantos somos los que caminamos sobre dos piernas que al mundo no le da tiempo para percibirnos, y cada vez con más frecuencia, pasamos de largo sin que nadie nos de un último adiós. Un último apretón, un hasta luego, un nos vemos en los bares, un te quiero, un pásame la sal, un jódete mamón, un nunca te olvidaremos. Quizá lo sepan ya, pero el olvido dura toda la vida. Eso lo aprendí observando esa desesperanza que surge de la soledad. No hay peor llanto en los ojos que aquél que se hace solo. Recordando inútilmente los mejores momentos de una vida que pasará a engrosar la interminable lista de la tragedia humana, una tragedia que no tendrá fin por mucho que peleemos. Porque no se trata de luchar contra la muerte, sino luchar por tener una muerte decente, y no un descuido estadístico. O una obra teatral. Tanto da. Alguien dijo que las buenas personas no merecen morir solas, y eso es quizás lo que de verdad importe. Por eso todo es más triste si te vas sin haber avisado, sin decir nada. Y es que nadie dijo que la morgue fuese la tétrica morada de los sosegados, ni que las maletas que llevamos a cuestas con nuestra vida pesasen tan poco. Pero así es. Que yo lo he visto. Cientos de personas que salían de los hospitales, con los ojos inundados de lágrimas, llevando consigo la tristeza de la pérdida, y una bolsa de color blanco marcada con un nombre, llena de objetos que la gente llama personales.

jueves 29 de enero de 2009

¿Volverás?

¿Volverás?
Su hija le había preguntado lo mismo siempre que tenía que ir a trabajar, como por lo menos unas cien veces. Y a él siempre le había parecido una tontería, como quitándole importancia. Pero cuando subía las vertiginosas escaleras puntiagudas del avión, sentía ese escozor en la traquea que le decía que no era ninguna tontería. Y por eso, cada vez que lo recordaba, creía a pies juntillas que aquéllo parecía una despedida, y que aquélla sería la última vez que la vería. Sin embargo, su trabajo, precisamente su trabajo, sólo le permitía unos segundos para repensárselo. Cada vez que algún pensamiento le atormentaba, era un golpe, o algún bombazo, una sacudida fuerte, una desgracia ajena, el que le sacaba de dudas. Entonces no son las dudas lo que le atormentan, sino, también, el miedo. El miedo a morir solo, sin nadie que cuente su vida, sin testigos ni musiquita ni funeral ni velada ni llantos ni desconsuelos. Nada. Pasar la vida a duras penas para dejarla sola sin nadie que le conteste a lo que te preguntas, a lo que nos preguntamos todos llegado el momento en el que las piezas empiezan a no cuadrar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Por qué tiene que pasar así? Los ojos se le quedan fijados en los de su hija por segundos, y lo peor es que ella lo sabe. Sabe muy bien cuando su padre deja de ser un Dios que todo lo sabe, y se convierte en alguien corriente y moliente que atraviesa por los valles desconcertantes que tiene la inseguridad y su puta madre. Quedarse así, mirándola fijamente a sus ojos redondos y verdes es una imagen que quisiera no recordar nunca, porque rememora sus temores y le vuelve humano. Porque todo lo que ella siempre quiso creer que era él no es más que una coraza insulsa y artificial, que muestra lo que quisimos ser pero nunca nos atrevimos a. Lo único indiscutible es ser su padre para ella, y ser su hija para él. Pero ello no es más importante que afirmar que la fruta es saludable, o que indispensable es el agua que bebemos para vivir, que el cielo es azul porque refleja el color del mar, y que las rosas rojas huelen muy bien. No hay verdades a medias ni mentiras sin final en esos momentos de tal obviedad que hacen daño. Lo fácil sería una respuesta piadosa, un parche para los sentidos, que va destruyendo poco a poco el sentido que tiene comunicarse con el corazón para hacer de esa rutina familiar un caos y un desconcierto tan típico como aceptado por todos. Por todos los demás, los otros, la comunidad y sus circundantes que te dicen constantemente lo que tienes y lo que no tienes que hacer. Y quizás ésa sea una respuesta tangible y factible. Los demás. Decirle a su hija que la culpa la tiene el resto, los que no nos conocen ni saben como somos, pero además, nos afectan. No. Porque en el fondo la adora y la ama con todo su ser, pero sabe que no sabe responderle a algo tan simple. Y es que, ¿tanto cuesta ser sincero? No sé, podría ser panadero, comercial o un simple currante de una cafetería, un camarero, o un cocinero. Y sin embargo... Sin embargo no sabría por dónde empezar. Volvería a encontrar excusas baratas para no decir realmente lo que piensa, hasta acabar soltando una perorata sobre la dignidad y la decencia del trabajo bien hecho, de la valía y el honor que emana de alguien que sabe lo que hace. Pero sabe muy bien que tampoco es eso. No se trata del bien y del mal, de lo que él puede pensar que vale o no para sí. Es su propia manera de entender las cosas lo que le impulsa, lo que le motiva a actuar de esa manera, y eso está fuera de toda concepción universal que divida el mundo en dos partes similares. Fuera de lo que cualquier coraza estúpida pueda entender. Que no se trata de buscar una excusa a lo que haces o dejas de hacer. Puede que haya mucha más gente interesada, y que ella se alegre porque sea así, para que ello le reporte un momento de no ver, no oir, no pensar un poquito, y pueda ser feliz. Pero no es así. No la aceptó en su vida para que fuese como el resto, para vivir entre algodones, para que asimilase esa ridícula forma de felicidad que tiene la gente de pasear por los pasillos de un centro comercial, o disfrutar de un buen programa de televisión delante de una cena con vitaminas, calcio, conservantes y colorantes. Si se hizo fotoperiodista de guerra fue porque le parte el corazón ver a niñas de la edad de su hija con las costillas marcándoles el tórax a causa de la desnutrición, o la malaria, o el cólera, porque no soporta tener que enfocar a cráneos deformes tras un bombardeo en nombre de alguien, o de algo, o tener que aguantar infumables ruedas de prensa en las que desaprensivos afirman cruzadas humanitarias cuando poblaciones enteras son masacradas minutos antes, porque le duele en el alma ver la misma apatía en las caras de aquellas sociedades cultas y civilizadas, como la suya, como la de su hija, que protegen esos valores por los que algún día soñó y después luchó. Lo hace porque alguien tiene que ser testigo de la barbarie. Se supone que así se aprende de los errores. Errores que se pagarán algún día. Y él no quiere que los paguen con su hija. Ella no tiene la culpa. Nadie la tiene.

lunes 12 de enero de 2009

Dios ama a la infantería.

Aunque me gusta contar historias, reconozco que nunca fui muy bueno. Me relaja, me tranquiliza y me sirve como terapia. Hay quien le da por ir al gimnasio y darle guarrazos a un saco de boxeo, yo le doy al lápiz y el papel y, cuando no puedo, a la tecla. No obstante, como me ocurre con la cámara de fotos, uno no siempre está en el lugar adecuado con el equipo adecuado, y se vuelve importantísimo el sujeto como parte del objeto, que se mezcla con él y sale del mismo no sin antes desgarrarlo por completo, es decir, que cuando no tengo ni papel, ni cámara, ni una mísera servilleta de cafetería cerca, las cosas que pasan por mi alrededor se cuentan por sí solas y uno tiene que esforzarse en memorizarlas, dedicarles tiempo a la par de escrutarlas minuciosamente para no caer en un subjetivismo que atrofie, desgarre la anécdota y caer así en el mito, en la exageración, en la batallita. Por eso dije al principio que, aun siendo pésimo, me gusta contar historias. La gente excepcionalmente buena en lo suyo narra la Historia con su puño y letra, los demás, la infanteria, contamos batallas. Y yo me considero de infantería. Como otros que vinieron de otros tiempos y nos enseñaron a hacerlo, las aventuras de tierra firme suelen ser caldo de cultivo para mis frustraciones y glorias personales, y en ellas se configura un buen punto de partida, tanto para quienes deseen conocerte, como para aquellos momentos de indecisión en los que la conversación de ascensor se vuelve rutinaria y hay que agilizar la cosa como sea.

Bajo las luces ténues de los farolillos de un bar cualquiera he pasado muchos de los mejores momentos de mi vida. He conocido a esos gatos pardos de los que habla el refrán y he de admitir que me mosquean un rato. La opacidad de sus pensamientos me provoca alergia, y eso teniendo en cuenta que yo también he salido a pillar cacho. Las noches interminables, en las que el destino pende del peso de la excusa para tomar la penúltima, para acabar rememorando los pasajes que todavía no han necesitado de una destilación para comprenderlos, conversando los pormenores del escote de aquella chica que te pedía tabaco mirándote a los ojos, entre bocado y bocado de hamburguesas de carne genéticamente alterada que sabe a gloria, la especial acidez del garrafón en la primera copa que nos hace escupir y la dulzura extravagantemente espumosa del garrafón a partir de la quinta copa, el serrín del suelo y la manzana macerada, el olor a limón de una buena copa preparada por un barman que te habla de usted con sus manos, sabias no por su buen hacer sino también por lo que han derramado, cigarrillos fumados al derecho y al revés, en esos segundos en que parecíamos mayores y nos enfrentábamos a muñecos de papel maché, lloreras por caprichos de andares vertiginosos que nos hacen perder la cabeza, cuando no lo ha hecho ya la poca sangre en el alcohol, eres música para mis oídos, muñeca, no, no soy tu música, que es diferente, y la melodia que se va por la ranura de su minifalda y el tocloc tocloc de sus tacones, tras ardua tarea la tuya por hablar de flores en medio de un campo de nabos, y la filosofía, qué grande es la filosofía de la caña bien tirada, levantada nunca más arriba del cogote, porque mirar a través del amarillo dorado a la salud de los que están y de los que no es levantar el estandarte de los que nunca nos rendimos a dejar el hábito por mundos felices, plastificados y asegurados hasta los bordes de un retrete y las esquinas de un sofá. Levantar el vaso es saludar a los que siguen contigo en esa dura aventura de vivir sin perder el sentido.

Esto va para todos aquellos que, al menos durante un segundo de sus vidas, compartieron conmigo el gusto de un buen trago y el agradable amargor de un cigarrillo rancio, en una conversación de un bar. Por las duras y por las maduras. Por Chu, por Miguel, Jou, May y los demás, por Mike, Manu y las duras noches en Sada velando por la espalda del de la izquierda, Ra, Sabe, Laura, Raúl y Santana, los veteranos como mis maestros de la infancia Rafa y Manu, y todos los de Ferrol que tantas cabelleras hemos aguantado por no tropezarnos con nuestra propia porquería. Porque siempre me ha gustado la infantería.

jueves 8 de enero de 2009

[El] cuento de [la] Navidad.

Es miércoles siete de enero y unas señoronas zarandean a sus hijos pequeños y berrean con ellos; mientras, un hombre que parece ser el padre de alguno de ellos entra por la puerta del bar con un libro bajo el brazo. No, no parece ni más interesante ni más cuerdo ni más intelectual que los que estamos allí por el hecho de tener un libro, lo que lo hace más interesante y más cuerdo y más intelectual es el hecho de dejar el susodicho tomo en la mesa más cercana a la entrada del local en cuanto ve a toda una maraña de niños que le invaden su espacio vital dispuestos a no dejarle aire en los pulmones. Y ríe y juega con ellos, durante las dos horas que llevamos tomando un café, viéndolos ahí abajo, en su mundo, hablando con ellos de los regalos que los "Reyes Más Mágicos" (Cary dixit) han traído. Sin embargo, ninguno de ellos ha traído nada. Están jugando solos, con sus manos manchadas de chocolate y sus pulmones perfeccionados a lo largo de siglos de evolución selectiva, que les permiten gritar sin compasión, con un hombre que parece el padre de uno de ellos, que grita también y se ríe también. No era el más interesante ni el más cuerdo ni el más intelectual, pero jugaba con los niños, y eso le hacía parecer humano. Al menos, más humano que los que estábamos en el bar.

El mundo cambia y sus costumbres también. Viéndonos desde la barrera alguien podría pensar que aquello que decía Buda, de dejar fluir los momentos como el agua, sin pretender aferrarse a la felicidad eterna ni a la tristeza eterna, como aprovechando el momento y no querer prolongarlo más allá de los límites que impone nuestra propia frustración, como decía, se diría esa persona distante que nadie lo ha leído jamás, y que solamente con citar ese pensamiento se tildaría de herejía, en unos tiempos que el materialismo infame nos hace censurarnos privadamente y permite encerrarnos en casa convenciéndonos de que aquello se llama libertad. Y no, no es otra perorata en contra de la Cocacola ni Papanué ni la madre que los parió a todos. Tampoco quiero hacer una oda a las tradiciones ni a su falsa eficiencia en pos de una familia unida y feliz. Nuestros padres nos han vendido muchas ilusiones, desde la creencia en omnipresentes -lo mismo da Dios que los Reyes Más Mágicos que el Ratoncito Pérez- hasta la forzada y forzosa creencia en una unidad comunal que nos hace impunes a los peligros más aberrantes creados por la humanidad -como una crisis mundial, la muerte de un familiar o qué sé yo, que se te pinche una rueda un día de lluvia en un camino de vacas-. Pasan los años, el mundo cambia y sus costumbres también, y aquellos que las vivimos, porque inmersos en ellas estamos y eso es algo que no podemos negar, tenemos también el deber de cuestionarnos, tanto a nosotros mismos como nuestra proyección en eso que llamamos sociedad. Y qué queréis que os diga, pero empiezo a cansarme de esa liviana y aparente hipocresía que reina el ambiente festivo. He sido engañado, injustamente engañado en nombre de un sentimiento que no entiendo y que, en momentos de máxima reflexión, tampoco comparto. Por aquellas circunstancias que nunca comprendí, por esos momentos que eché en falta, esos segundos que pedí y que nadie me ofreció, esos litros de sudor que nunca derroché, esas risas que por derecho -y por el hecho de ser niño-nunca tuve, por todo ello y mucho más, hoy me voy a cobrar las deudas pendientes que tiene la puta Navidad conmigo. Por traidora, zorra, mentirosa y desconsiderada. Hoy, neniña, te vas a cagar.

La Navidad y su "sentimiento" es todo un cuento chino, y lo sabemos, pero los gilipollas que crecimos en esa adolescencia dulzona de querer morirnos, de la pena eterna, la tristeza y el lagrimeo fácil -ya sabéis, como muy emo todo- y luego, por su propio peso, caímos todos como moscas en la rutina de la verdad y en la sabiduría de la "experiencia por bofetón", a saber, palo llevas, lección que aprendes, nos dimos cuenta un poco tarde de la trascendencia que tenía en nuestras vidas unas pautas tan comunes y sencillas como el hecho de juntarnos todos en determinadas fechas y hacer lo que se espera que hagamos en determinados contextos. Porque todos intuímos -como sé muy bien que canso, pecaré de simplista para no explayarme demasié- que en determinadas etapas vitales, uno hace lo que hacen los demás, y punto. Cuando eres niño todo es felicidad y alegría y dolor de cabeza -para los padres, claro-. Amigos, familiares, un par de juguetes y horas de diversión. Fantástico, genial, fenómeno, como diría el Pequeño Nicolás. Yo recuerdo que, ya desde bien enano, me regalaban un par de cajas de Lego de tamaño medio y me tiraba días enteros montando y desmontando. Otro año me regalaron un muñeco de tela al que le pegabas leñazos. Duró unos quince años, desahogándome y ensañándome con él hasta desgarrarle la entrepierna. Todavía sigue en activo. Lo tiene mi sobrina de ocho años. Y lo que sigue es lo que todos conocen, intuyen y creen saber y que, no les voy a engañar, fue así: yo tuve una infancia feliz. Como se espera que pase, creí a pies juntillas que la Navidad era el motivo de alegría de toda la especie humana, aprendí a tener paciencia esperando un año el turrón de Suchard, creí que los Reyes Más Mágicos y Papanué venían de Oriente y de Laponia respectivamente, que los mensajeros Reales de sus majestades estaban estratégicamente colocados en todos los centros comerciales porque, según nos contaban, allí iban los padres a escoger los regalos que luego traerían a través de la ventana, o la chimenea, la buhardilla, trampilla o puerta, y me lo tragué. Veía pasar con admiración los tractores de los militares llenos de carbón que sólo los verdaderos hijos de puta -me decía a mi mismo con siete años- recibían al amanecer del día seis, por sacar malas notas, por pegar a los demás niños, por ser, en general, malo malísimo. Era, en resumen, un niño normal, ingenuo a veces y lúcido en otras, aprendiz sumiso y dependiente de los quehaceres típicos navideños. Cuando, de repente, en una noche de esas en las que apenas conciliaba el sueño por la tan esperada llegada del gordo de rojo, ¡pam! Me encuentro al final del pasillo, en el salón, a mis padres colocando los regalos debajo del árbol que con tanto esmero preparaba cada vez que llegaba el periodo estival. No supe reaccionar. Tardé unos años en convencerme de lo que pasaba delante de mí. Yo creía, bueno, todos creíamos en ello. Yo sacaba unas notas de puta madre, intentaba no ser demasiado imbécil, invitaba a todos mis colegas en mi cumpleaños y disfrutaba como un enano con lo que me traían. Y en un segundo todo al carajo.

Llegada la adolescencia yerras el tiro y lo pagas con los símbolos que más sobresalen. Me pasé la adolescencia gritando contra el capitalismo, los americanos y la Cocacola, fascistas opresores que nos obligan a engordar las filas de sus ejércitos malvados. En fin. Mirar para otro lado siempre fue fácil mientras se entonan los cánticos pertinentes y la chica que quieres llevarte a la cama se lo cree. Si se lo cree. Siempre la creencia detrás de todo. Creencia en que todo tiene que funcionar, que todo está bien, que no hay ningún peligro. Y te mienten, y te mientes. Yo creía en todo eso años después de ver a mis padres en tal situación. En el colegio mis colegas me contaban que también lo hacían porque no querían dejar de recibir regalos. De adolescente participaba en las comidas familiares sin soltar prenda sobre mis pensamientos acerca de tanto regalo y tanta gaita porque, en cierto modo, prefería engañarme pretendiendo regresar a mi pasado infantil y recordar aquellos maravillosos años en los que, verdaderamente, lo pasaba genial con mi primo Emilio jugando a tonterías que nos inventábamos mientras los adultos, que muchos de ellos todavía rondaban los dieciocho, hacían de las suyas contándonos batallitas e inventando juegos, contando chistes y haciendo muecas para luego verlas en video al día siguiente y esmendrellarnos de risa. Pero no voy a negarlo, nunca estuvo del todo mal. Ser un petardo evidente cuyo discurso repetitivo sobre los males del materialismo puede tener sus ventajas. Y yo, aunque nunca fui guay, sí molaba. Yo me molaba. Decía que todo era una mierda pero participaba de ello y nunca me quejé. Hasta ahora.

Llevo unos años viéndolo todo desde otro punto de vista. Para empezar, nunca supe muy bien qué viene a significar el "sentimiento navideño". Cuando le pregunto a la gente me dicen cosas muy dispares, pero todas tienen una motivación muy similar, que va desde la pervivencia de la felicidad, la ilusión y la unidad familiar. La felicidad, uf, cómo nos gusta la palabrita. Necesaria, deseada pero infravalorada por culpa de complejos y faltos de cariño que hacen de ella una simple moneda de cambio que se puede comprar y vender, y que, en determinados contextos sirve de pretexto para darle un cimiento sobre el que asentarse. En este caso, la felicidad es el sustento principal de todo acontecimiento navideño y la excusa más utilizada por empresas y comerciantes. Comprar felizmente compras para hacer felices a los que has comprado. Compras y más compras que se encierran en un círculo vicioso y viciado retroalimentado por su sentimiento inicial: conseguir la felicidad. Y si puede ser a toda costa, mejor. Por ello los padres se enzarzan en una misión suicida que consiste en magrear, almacenar y envolver paquetes una y otra vez mientras sus hijos observan atónitos juguetes apilados por millares en un almacén gigante en donde cuelgan, felizmente, decorosos rulos con brillantina con mensajes típicamente navideños como Felices Fiestas, o Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. Aquí todo vale, y maricón el último. No vale ninguna excusa, ni crisis mundiales ni cierre de comercios. Ni se te ocurra decir que se te olvidó, y lo del entierro de la abuela ya está muy grillado. Alguien todopoderoso ha sentenciado hace miles de años que hay que ser feliz y aquí ni cristo soltará una lágrima. Despidos masivos y falta de fondos en las arcas estatales que hacen temblar las pensiones de nuestros padres no son motivo para dejar de hacer desde hace siglos. Nos va la marcha y aparentar que nos va, aun cayendo bombas sobre la ciudad. ¿Tienes que tomarte una medicación que te duerme a causa del malestar neurológico que te provocó la muerte de un familiar muy querido, y prefieres pasar estas navidades en casa sin hacer mucho ruido, con tus pensamientos y un par de colegas? Anticristo que te parió. Pero cómo se te ocurre, alma de pollo. ¿Es que no lo oyes? Son los niños de Viena que cantan afuera, en la nieve de tu jardín, para que salgas y les des un chocolate caliente a todos y los despidas con el amor que te profesan, y olvides tus penas y las dejes de lado, para lanzarte de lleno al manto blandito y seguro de la compra on-line. ¿Cómo? ¿Que prefieres afrontar las consecuencias dedicándote unos días sabáticos olvidándote del mundo y pensando en ti, algo que no haces desde años? Noooooooo. No me seas cabrón. Eso no es dignidad ni es ná. Lo mejor para solucionar tus problemas personales es que llames a toda tu familia, a la que no ves en todo el año, no por imposibilidades geográficas, sino por que no los soportas, y les hagas una comida que no pagarán, tirándote toda la tarde y parte de la mañana cocinando algo que pocos agradecerán, para acabar hablando cada uno de su propia vida como la más importante, sin centrarse ninguno en el esfuerzo y dedicación que les has mostrado para, según dice el supermercado de enfrente, encontrar la felicidad. Y eso me lleva a otro punto. El de la unión familiar. Curiosa forma de ver un acontecimiento con tanta solera. Insisto en lo de los tiempos cambiantes. Y dudo mucho eso que se cuenta que antes las familias estaban más unidas y eran más felices. Si era así, en la mayoría de los casos no les quedaban más cojones que serlo. Pero volvamos al presente. He de admitir que, en muchos aspectos mi familia es modélica. Unida, fuerte y abundante. No obstante, ello no la hace perfecta, y como en todas las casas, y en las mejores también, hay rencillas que son lo suficientemente fuertes como para no dejarlas de lado, por mucha Navidad y mucha hostia. Quizá el ejemplo de la pobre moribunda drogada a causa de una depresión sea extremista y poco frecuente como muchos piensan, pero este que viene puede que nos suene un poco más. Qué me decís de los matrimonios mal avenidos, de las separaciones costosas, de las herencias interminables, de las peleas cainitas, de los hijos aguerridos a infumables discursos sobre el eterno valor de su humanidad, violada por hermanos impuros y padres desconsiderados que han provocado su fuga del lecho conyugal. Y si a todo ello añadimos el factor paro, falta de presupuesto, agobio hipotecario, avales sin fondos, qué, suena a algo lejano, ¿no? Y, a pesar de haber vilipendiando a políticos y demás chupópteros por estar todo el año jodiéndonos con quiebres económicos, subidas del Ibex y bajadas de calzoncillos constantes, cuando llega el mes de diciembre, o mejor dicho, noviembre, todos los escaparates incitan y fomentan el sentimiento afable de la navidad y la alegría, y alcaldes y gorrones varios empeñan las bragas de los contribuyentes para engalanar calles y fachadas para que todos disfrutemos de la felicidad y la unión familiar como nos merecemos. Y esto me lleva al tercer punto, evocado por estos dos anteriores: la ilusión. La ilusión que emana de la creencia en algo místico que empaña toda festividad similar. La ilusión de la esperanza llevada al absurdo, de quien cree que no todo es imposible, que siempre queda una segunda oportunidad, un último cartucho que gastar ante la impasividad de un mundo cruel y despiadado que busca la tristeza de los mortales. Visto como lo pintan, parece realmente que el único refugio existente para la felicidad es el búnquer llamado Navidad, en el que se entremezclan grandes celebraciones familiares, encuentros esperados en donde se debate, se ríe y se contagia una alegría pasmosa, en donde los juguetes no son el fin que justifica los medios, sino la sonrisa de cada niño que admira a ese padre que le explica y monta la nave espacial, en donde los veteranos abuelos citan con humildad pasajes de su vida y en definitiva, donde toda la familia junta y unida colabora en las tareas que les llevarán, irrevocablemente, a defenderse del austero mundo con ese escudo tan fidedigno llamado felicidad. Felicidad, unidad, ilusión. No existen niños cabrones que guardan con recelo sus paquetes a la vista de otros niños que miran con envidia, no existen rencillas familiares demasiado potentes como para romper el vínculo del amor fraterno, no existen desgracias ajenas que empañen la inmaculada sensación que evoca una buena copa de champán del caro con todos tus allegados. La Navidad, como la vida, es sagrada. Si con ello te cargas otras circunstancias, otros principios, otras personas, tú mismo. Nadie te obliga, dicen. No existe el dolor. Que digo yo, que por no existir, no existen ni los padres, que dicen, son un invento de los Reyes Magos. Y en enero, rebajas. Que no se te olviden.

miércoles 5 de noviembre de 2008

No, si ya verás tú cómo; o la importancia de aprender por errores desde el principio.

Ya vino a decir algo similar el gran Forges, con el que hablé dos nanosegundos de uno de sus colegas, que resulta ser un profesor muy querido por mis carnes, cuando decía que aquí, siendo muy nuestros, te encuentras perlas filosóficas que no tienen comparación -ni traducción, aseguró- con otras tierras, otras lenguas, otros caracteres. Le preguntaron cómo, y él respondió que muy jodida está la cosa, porque aquí siempre damos un paso con una mano delante y otra detrás, por el qué dirán, por cómo lo dirán y a ver qué es lo que hacen. Y, al resumen final, la única expresión válida es la que sigue: no, si ya verás tú cómo...

Y eso, que de endiñamientos laterales va la cosa, hablando el otro día con uno de ésos que pretende vivir de la filosofía -compararse a mi Dios es blasfemar en suajili sin tener puñetera idea, ni orden ni concierto, así que vas listo por mis partes- porque se descojonaba con los de su quinta, y en adelante, también. Y con razón. Era algo así como una docena de gallitos sabelotodo, en pleno programa de comento mi vida a ver si me crece otra, diciéndose -yo pondría otro término, pero bueno- de todo sin llegar a nada en concreto. Y digo llegar a nada porque, y esto nos pasa mucho a los que padecemos de cabezonería, cuando nos metemos de lleno en el fango, al intentar salir de él airosos, o bien chapoteamos y nos salpicamos, o salpicamos de mierda a otros. Y no se llega a ninguna conclusión. Y esto carecería de importancia si no fuese porque, los que chapoteaban en su mierda no eran pánfilos de a pie, como yo y como muchos otros. No. Se supone, y espero que sea así, que esta gente que me comentaba el becario son personas con unas miras interesantes, por no decir que pueden colocarse más de dos dedos en la frente. O lo que es lo mismo; que si le quitas sus virtudes y sus defectos ficticios, esa corteza de transición entre lo personal y lo social, lo grupal, te puedes encontrar un resesillo de inquietudes, preguntas sin respuesta, intenciones sin pregunta y mucha, mucha mala leche, dispuesta a cambiar el mundo o lo que se tercie. Alguien entrado en años diría que es normal, que a estas edades ya se sabe; y sí, en cierto modo tendría razón -como contaba, creo, W. Churchill, que "quien, de joven, no era rebelde, es porque no tenía corazón; y quien de adulto no era conservador, es que no tenía cerebro"- si la realidad -uf, cómo os gusta éste y otros términos abstractos- reflejase dicho comentario con ejemplos locales, como hacemos todos, para corroborar lo que hemos citado. Pero como a los cabrones de Sociología nos enseñan a comparar numeritos, y prácticamente todo lo basamos en teorías generalistas, puedo asegurar, y aseguro, que ese mito se tiró por el retrete hace ya una década. Porque ya no es normal. Los jóvenes, del primer mundo, en general, partiendo de los siguientes a la generación X -los nacidos desde el 75 hasta el 85-, somos apáticos y vagos, sin fundamentos rebuscados ni inquietudes. Dicen algunos teóricos sociales y psicólogos sociales, que se debe al periodo de bienestar y apachorramiento que tales personitas vivieron. Los siguientes a dicha generación perdida -los pringaos que somos ahora- recibieron todo cuanto se antojaban y nadie les pidió explicaciones por ello. No hubo transmisión oral de valores, debido a los cambios en el ritmo natural del trabajo y la conciliación laboral de los padres con respecto a la educación de sus hijos, y aumentó la incomprensión de éstos con respecto de sus mayores, debido a la llamada brecha digital, que convierte a los nuevos jóvenes en máquinas mecanizadas incapaces de relacionarse con sus semejantes. No hubo una adaptación al medio. La aceleración de la Historia provocó una ruptura enorme, un abismo, en el cual no hay nada, y todo lo que viene se crea o se destruye, según la ocasión, la oportunidad de, y los medios disponibles para. Ya no hya cuatro, o cinco, identidades férreas -que yo rechazo profundamente- que formaban un núcleo familiar estanco. El hombre fuerte y trabajador, la mujer florón y cocinera (y cuidadora, y barrendera, y paño de lágrimas, y polvo seguro, y...) y los agradables retoños, dispuestos a relevar sus escaños con total fidelidad y compromiso -menos en el caso de las mujeres, que estaban por cojones-. Y ahora no hay a lo que aferrarse, y mejor un clavo ardiendo que no caer en el anonimato, en la libertad, con todas las letras, a la que tanto tememos. Y es por ello que las identidades nacen como setas en cualquier parte, y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron. Y si no, bueno, un ejemplo local: ¿cuántas personas conocéis que, por Internet, por el messenger, o donde puñetas sea, cambian de parecer, a saber, parecen majos, parecen cultos, parecen guapos, parecen sensatos... Todo es un eterno "parece". No hay que pensárselo mucho. Al quebrar un esquema arcaico y muy cuestionable, se crea otro, y como no existe ninguna directriz a seguir, ninguna pauta a marcar, les damos un huevo de información y maricón el último. Que cada uno apechugue con lo suyo, ea. Y cambian con una rapidez asombrosa: un par de años soy rapero, otro soy rockero, y mañana, cuando toque hablar de política, me canso de un bando y me junto, finalmente, con el que me dice papá. Y no exagero; he tenido por colegas a algunos que luego se unieron al grupo neonazi de mi ciudad, cuando años antes íbamos juntos a las manifestaciones de la LOU o de la burrada medioambiental del Prestige.

Por eso me resulta interesante verles peleándose, así como tirándose al cuello, aún sin tener casi nada que decirse -joer, porque estáis en primero, coño, que lo de hablar por hablar lo hemos hecho todos, para parecer...- pero con mucha mala leche por delante. Porque la mayoría ni se cuestionaría algo de lo que le pasa por delante. Es conocida la frase de que, cuando hablas con alguien que no sabe, ni le interesa, se escaquea alegando en su defensa que, mira, dejes de rayarme. Por ello confío en que todo siga su curso. Aunque lo nieguen. A pesar de su conformismo, de la apatía y la constante repetición de los mismos temas, de los mismos pareceres y de las mismas sensaciones que evocan, se supone que, partiendo de esa mayoría abúlica y tonta del culo, los poseedores de más de tres dedos de frente deberán sentenciar cátedra. Y así se conseguirá caminando y llevando patadas en la boca. Y con gusto. Que, saltando de identidad en identidad, partiendo de una y quedándose a la mitad en otra, monitor por medio y kilómetros físicos que te dejan a buen recaudo de una muerte segura, es todo demasiado fácil. Mi hermana mayor, mis padres, cualquiera que supere en edad esa generación perdida de la que hablaba antes lo puede contar. A la cara y en solitario, ni Dios suelta palabra. Así, en corto y de frente. Ni argumentos ni palabras bonitas; como sentenciaba el gran Einstein, es en ésos momentos cuando vale más la imaginación que cualquier sabelotodo. El que anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho. Ya sabéis lo que sigue. Se espera que vosotros heredéis la humanidad, y que nos digáis, a los tontos del haba como yo, en qué cojones la estamos cagando. Sin embargo, como suele pasar al principio de vuestra historia, os creéis implacables e indomables, y justificáis vuestra falsa seguridad poniendo un ojo aquí, y otro en Despeñaperros. No, si ya verás tú cómo... Y lo que no sabéis es que, desde la barrera, vemos que todo pasa y todo se repite -de una u otra manera- tal y como lo vivimos otros. Que no decís nada nuevo, nada que salga de ese aburrimiento, esa atención a lo nimio, y esa argumentación excesiva -y lo digo yo, después de soltar esta parrafada sin sentido, oyes-.

Que me lo dijo mi Dios -que es mujer y ya os lleva un abismo de distancia en estos menesteres-, que no te preocupes, Ro, que en primero siempre los hay muy listillos que levantan la mano por todo. Pero espérate a que se den cuenta que, fuera de todo lo que saben, habrá ocasiones que tendrán que aprobar por cojones, otras catearán porque sí, y la mayoría creerá que han suspendido porque el profesor les tiene manía, cuando en realidad les importan una puñetera mierda.

martes 21 de octubre de 2008

Cuando alguien te dice que tiene miedo de que algo malo pase y tú le contestas lo que es para ti la felicidad.

Con una sonrisa he conseguido que un japonés que estaba de viaje me diese una tarjeta de crédito regalo en la cola de una caja de supermercado. Se iba ése mismo día de vuelta a su casa. Con una sonrisa me rebajaron diez céntimos en cada perfilador de tinta negra que compré en una papelería a una chica joven. Tendríamos la misma edad, supuse. A la señora que limpia las escaleras del edificio en el que vivo le dedico una sonrisa siempre que me la encuentro fregando. La pobre, que trabaja como una mula, tiene que rehacer la tarea porque siempre coincide cuando yo salgo de casa y está todo empapado. Siempre me ha perdonado. Y también me han cedido un aparcamiento, algo realmente difícil en la ciudad, gracias a un par de palabras en gallego cerrado a un currante que se dedicaba a recoger las monedas de las máquinas tragaperras que tiene el bar de enfrente. Y la panadera, un día me regaló un bollito de pan. Y la de comida casera unas croquetas, un día penoso, que llegué cuando estaban hablando -los cocineros y un par de clientes- de lo chungo que es trabajar sin cobrar ayudando a los heridos, por lo del avión en Barajas, y yo que estaba con todo el petate de la Cruz Roja, uniformado y todo porque había tenido guardia de noche, y me miraron de arriba abajo, y sin apenas soltar palabra aparecieron las croquetas, por arte de magia, en un lado del fondo de la bolsa. Y me dijeron, en su día, que la gente estaba muy sola. Y yo me lo creí.

Salí a comprar unos regalos y unas macanadas tontas que necesitaba, que había visto en edición de bolsillo uno de Susan Sontag y otro de Gerda Taro que hablaban sobre fotografía y tal. Al final compré el de Sontag y otro de John Berger, pero en fin, a lo que iba, que estaba de camino, y a lo largo de una plaza con un edificio de curioso nombre me encontré lo siguiente: una mujer salía de un coche con un niño en brazos y una chica de unos quince, llorando de rabia. Al rato se giró sobre sí misma y mandó a tomar por culo al del coche, intuyo, con sus dos hijos de su parte; unos padres vestidos de curritos les estaban propinando una soberana bronca a sus dos hijos -niña y niño- que iban vestidos como seudomacarras, muy a la última, ella así como muy choni y él como un proxeneta, de unos dieciséis, y en cuanto puse un poco la oreja, escuché que ni iPod ni hostias, que si no fuese porque ya sois mayorcitos os íbais a cagar, y que ya estaban empezando a buscarse la semanada por su cuenta; en un banco una parejita. Ella muy mosqueada, él llorando, constreñido. No hizo falta acercar la oreja, a dos pasos que di ella le dijo a él gritando que le importaba una mierda sus palabras bonitas y su mierda barata, que si tanto la quería a cuento de qué viene liarse con otras veinte, y al rato se fue; justo cuando me adelantaba con paso ligero, un hombre, canoso, con traje y maleta de cuero de cocodrilo, así como muy típico y cojonudo para contar la anesdota, va y tropieza con uno de los adoquines de la calzada y, a poco, se hostia con todos los morros en el suelo. Luego, casi riéndome, me lo pego yo. ¡Ah!, me olvidaba, el edificio de la plaza es el de Justicia. También me dijeron que en la buena fe se halla la justicia poética, que si haces algo malo a los demás no tardarás en recibir lo mismo, algo así como acción y reacción. También me lo creí.

Todos estos apuntes han tardado en surgir unos cuantos meses. Ya véis. No da ni para pipas. Sé de sobra que hay muchos más momentos dulces como estos en los meses que llevamos de año. Pero, proporcionalmente, siguen siendo pocos. Además, no soy de los que tenga muchas coincidencias, típicas como muchas probabilidades teóricas del caos absoluto, que de repente aparecen, así, de la nada, y a toda leche, y en cuestión de días o de semanas vengan las cosas bien y todos contentos y a parecer felices de la muerte. O sea. No. La cuestión es que, si nos parásemos en ése momento de júbilo inverosímil, a analizar nuestro alrededor trascendiendo de nuestro propio ombligo, seguiríamos viendo la misma mierda y la misma soledad en los ojos de quienes nos rodean -nos rodeamos-. Para quienes la felicidad juega un papel importantísimo en sus vidas, es frecuente que este fenómeno se reproduzca a costa de otros males ajenos. Si te dan un trabajo por enchufe, joderás el puesto a otro; si te dan un trabajo por tus méritos, joderás a los que se oponían a que accedieras; si pides un regalo más grande que el de tu hermano, posiblemente tu hermano se quede con uno menor; si la economía familiar es solvente, será tu hermano el que pida un regalo mucho mayor que el tuyo; si te das un capricho, que sea por ti, ya que si es a costa del capital parejil te aseguro que hoy te toca sobar en el sofá; si prefieres unos pantalones de marca, en fin, pregúntales a los chinos, a los negros, los moros, o incluso las señoras costureras del colega Amancio, cuánto les pagan por la prenda que han hecho para tus piernas; si tu empresa quiere más, si se anexiona con otra, si compra el monopolio, si tu mujer desea el quinto abrigo de bisón, si tu marido admira el descapotable de su jefe, si tu país necesita petróleo, si tu conciencia te mantiene inquieto, si tu religión te mantiene inconsciente, si el mundo te pide guerra...

Y en medio de todo el percal, del puñetero nosotros y ellos, de esa eterna justificación de que lo mío es mío, y lo tuyo de todos, de lo cansino que resulta ver que la gente es muy egoísta porque está sola, y que está sola porque es muy egoísta; ahí en medio pululan muchos conceptos. La mayoría, aunque sin sentido y con muchas contradicciones, nos valen para mantenernos medianamente cuerdos y no acabar soltando absoluteces sin sentido, como queriendo pretender llevarte a la cama a la chica cuando sales de copas, incluso cuando no hay ni copas ni chica. Sabiduría, honor, valor, honestidad, solidaridad, empatía, justicia. Tienen tan poco sentido que cuando las dices en público provocan risotadas. Otras veces parecen ofensivas. Sin embargo, para poder ver más allá de las narices propias es necesario entenderlas un poco. Obtener anesdotas sin aparente sentido y con poco valor añadido, para mí, son cruciales para mi existencia. Y una vez que todo encaja, o pretende encajar, y el mundo te pide guerra, evito provocar el mal ajeno, forzar la sonrisa y sacar del cajón mis botas viejas y echarme a caminar.

lunes 6 de octubre de 2008

Hoy en antena: trucos para la crisis.

Os juro por mis muelas picadas que cada vez llevo peor el tener a la caja tonta como compañera mañanera de almuerzos resesos. Y lo digo en todos los sentidos. Quiero decir, que hasta el tener el aparato material en el salón empieza a regurgitarme las tripas cada vez que mis pies tocan la madera pegada del suelo. Exceptuando el mediodía -que sólo veo dibujos animados- el resto de la jornada apenas toco el televisor, salvo para poner películas y cenar viéndolas, ya que para fregar uso la minicadena, y para cagar me basta el diario gratuíto múltiple que te dan en barrunta cuando alcanzas un puesto de reparto y parece que te van a moler a palos con tanta gente disfrazada de colorines y una infinidad de gracias en dolbisorraun, salidos de mil flancos mientras una docena de brazos extendidos te ofrecen la mercancía. Pero a lo que iba, que siempre me acabo yendo por la parra arriba. Lo de la tele, que no. Joder, es que no es justo. Es como el móvil. Te crean una necesidad, hasta el punto de non retorno, y no te lo puedes quitar de tu vida ni a patadas -iba a decir que no te lo puedes quitar ni pagando, pero está visto que resultaría contraproducente- ,y encima te joden la marrana cada dos por tres, y te exprimen, te cuecen, y cuando ya estás hasta los cojones, se ríen en tu cara y solamente te quedas con la impotencia de no poder decir ni mu. Me explico.
Cualquier persona que ande un poco desconectada del mundo para lelo de la televisión sabe a qué me refiero cuando digo que apenas veo la caja tonta. Esta frase es la típica de aquél que sí la ve, pero en determinadas horas y siempre con un ojo en las tetas de la presentadora y otro en los apuntes de demografía, el móvil, la mosca que rebolotea la habitación que no te deja chapar en condiciones y los perros de los huevos del vecino del quinto que, puntuales como el cambio de guardia inglesa, bajan estrepitosamente las escaleras escaldándose las gargantas con tanto ladrido y tanta pataleta. Y eso, que de ahí no pasa, y todos contentos. A veces ves de más, y te enteras que Fulanita de los Dolores se ha agarrado, además de una friolera que le impide posar a media teta en la Interviú, un maromo con rabo de tamaño berenjena, y que, según los contertulios eso no procede -no voy a explicar los porqués, ya que las razones que proponen caen, no por la fuerza de la gravedad, sino por su propio peso-. La cosa sigue, y como conoces bien el percal intentas no hacerle mucho caso al tema y vives tu vida tranquilo y sin tocarle los flais a nadie. No problemo, te dices para tus adentros adentrosos. Hasta que la vida es invadida por la ficción mediática, tu neurona vaga impávida por entre los occipitales sin preguntarse qué coño pasa aquí.
Sin embargo, el otro día fue la gota que colmó el vaso, la jarra, el bidón, el tanque de almacenamiento y todos los barriles de un año de producción de Terras Gauda. Lo dicho al principio. Me levantaba cuando no estaban las calles puestas, lavándome las manos para ponerme a hacer el desayuno y encendiendo la tele cuando, en plena posición de firmes, un-dos-un-dos, pichafuera... ar! escucho sorprendido los trucos del almendruco para sobrevivir durante una jornada sin gastar un napo, en estos tiempos de crisis en los que vivimos casi sin poder comer carne de perro a la brasa. Lo puedo jurar con mis dientes que se me cortó el chorro ipso facto, se derritió la escarcha cojonera y las legañas saltaron solitas al grito de banzai. Me acerqué veloz a la pantalla y escuché, con medio gallumbo colgando, cómo el intrépido reportero dicharachero acudía a un bar en el que podía tomar el desayuno gratis mientras jugaba a las cartas en inglés, porque de lo contrario sería invitado a fregar los platos del local. Anuncios. En este momento de frivolidad y bizarrismo extremo -algo que le encantaría a mi olvidado David- extremé prestancia a mi almuerzo, meada y aseo general para volver en mi asombro con los trucos del Dr Andreu para las dos, el catarro y la tos. Entonces, con media rebanada de pan con mantequilla y mermelada en la mejilla, el reportero dicharachero aparecía en escena de nuevo, maquillado y risueño como estaba el hijoputa, contando que, bueno, con tanta partidita y tanta leche, ya habían dado las dos del mediodía, ¡y todavía no había comido nada! Temereroso de Dios como estaba, no pestañeé en ningún segundo para ver cómo se sacaba las castañas el intrépido gilipollas. Entonces vi con asombro que lo que proponía, en tiempos de cólera, crisis mundial y doscientas muertes por metro cuadrado era... ¡comer gratis en una suculenta degustación!! Tachán. Me atraganté, con la tostada, el café rancio y la saliva. Arg, mierda, toda la mesa empapada. Qué burro y cuán ignorante de mí, cielos, que no sabía nada de eso. Qué harán los pobres de mi ciudad, que se pasan todo el día en la calle, pudiendo jugar a las cartas gratis en inglés y yendo de degustación en degustación para salvar sus maltrechos estómagos. A la mierda la Cocina Económica, pensé. Qué despilfarro, habrá que contarle a todo el mundo semejante descubrimiento culinario, ¡nos salvaremos todos! Y cuando estaba con un multiorgasmo de narices, el intrepido corresponsal de truquis para la crisis de la muerte mortal, seguía su itinerario. No puede ser, pero... ¿hay mas? Casi tartamudeaba, acongojado como estaba. Hoy -proseguía el muchachote maquillado made in MaxFactor, el maquillaje de los profesionales- continuaremos la jornada llenando nuestro cerebros pensantes de cultura y sin gastar ni un duro. Y al rato se recorría varios museos y centros cívicos sociales y culturales comentando la amplia oferta de actividades y cuadros y señoras con bisutería barata. ¡VÁLGAME CRISTO! Qué perdido estaba, pero, ¿cómo es posible? A los putos museos ya, coño. Quitemos el detalle de que, para llegar a los museos que proponía hay que gastarse una pasta en metro, ya que tardaríamos una media hora a patita entre uno y otro, y la mayoría de estos centros cobran el resto de la semana, y que si los miércoles son gratuítos los centro administrados por Patrimonio, los lunes son rebajados a nivel privado, y el martes es el día del Espectador, y los demás sólo rebajan un par de euros si eres estudiante, o viejales del Imserso. Da igual. A la puta calle ya, joder. Si es que, hasta tardar tanto en comerme la tostada de los huevos me estaba provocando náuseas. Debería estar ahí, donde el tipo lo dice. ¿No ves que estás despilfarrando el dinero? Además, yo soy de los hipócritas que quieren salvar el mundo y todas las almas perdidas que me encuentro a mi paso... debería decírselo a todas esas personas que, en paro o en camino de, se pasan las mañanas buscando ofertas de empleo en revistas baratas. ¡Rayos y retruécanos! ¿Es que no se dan cuenta? Gastan el dinero en periodicuchos en vez de enriquecer sus mentes atrofiadas en museos gratuítos, degustaciones por la cara y partidas de mus con guiris sin calcetines ni chanclas. Qué crisis. ¿Alquien dijo crisis? Este programa nos salvará a todos del mal, sólo necesitamos que los políticos -en fin- y los economistas -otro tanto- nos escuchen o, mejor dicho, escuchen a este buen reportero que, con mucha gracia y más de lo mismo en maquillaje nos ha asombrado a todos con una sencillez y un desparpajo increíbles mientras, sin tener ni puta idea, ha simplificado todos los problemas del sentido de la vida en veinte minutos.
Después de tanta frivolidad y tanta mierda junta, ya estaba un poquito más tonto y más borrego. Tomé el bus y cuando llegué a la facultad, me di cuenta que tenía que hacer la matrícula. Cuatrocientos euros, en el primer pago.Y no hay queja, puesto que hay gente que gasta el doble. Entonces recordé al reportero. ¿Qué habría hecho éste soplapollas en mi lugar? me pregunté. Mmmmm, creo que en el programa de hoy no decían nada al respecto. Pero veré mañana la tele, a ver si así cuentan algo y me libro de esto...
Al día siguiente me levanté y, por supuesto, encendí la minicadena. Mama´s Gun, de Erika Baduh para ser más exactos.

sábado 27 de septiembre de 2008

Sólo tu vecino es extranjero.

Ya recordaba, por aquel entonces, a aquellas fotos que tanto me gustaron y que, en gran medida, fueron las culpables de que el cosquilleo interno creciese y creciese hasta alcanzar la enfermedad sin remedio en la que estoy metido ahora. Eran de un tal Alfonso Moral Rodríguez, y contaban otra historia de tantas sobre la situación palestina. Hombres árabes disparaban balas al cielo, blandiendo rifles manufacturados en Rusia, mientras conducían restos de otra época con el logo de la General Motors, mientras sus mujeres enseñaban el corán a sus hijos, con la botella de CocaCola al lado, y los menos que corrían delante de las orugas de un tanque tirándole piedras a un ejército adiestrado por estadounidenses, franceses, alemanes y británicos, colocando minas españolas en los laterales de las avenidas principales, con el brazo levantado en señal marcial al ver una tropa uruguaya de los cascos azules, o diciendo sí señor al jefe que, con tanto movimiento, y para evitar futuros orgasmos mentales, monitorea la avanzadilla con un ordenador seguramente creado en la India, China o, quizá, en su propio país. Entender esto es comprender la dinámica de los conflictos de toda la Historia Contemporánea, concretamente a partir de la Segunda Gran Guerra. Es tontería seguir pensando en nacionalismos baratos. El problema es de todos. Ya recordaba aquellas fotos que tanto me gustaron. Al poco leía en un artículo de Bauman que, en el año noventa y cuatro, un cartel, que estaba pegado en las calles de Berlín, ridiculizaba estos referentes territoriales que no podían reflejar la realidad del mundo: "tu cristo es judío. Tu coche es japonés. Tu pizza es italiana. Tu democracia griega. Tu café, brasileño. Tus vacaciones, turcas. Tus números, árabes. Tu alfabeto, latino. Sólo tu vecino es extranjero." Y, sin acabar de creérmelo, cuando salgo a la calle todavía me encuentro a gente que prefiere no salir de su parcela, y cuando lo hace -generalmente por cuestiones laborales- antes se asegura de mirar a los dos lados por si viene alguien, para volver al hogar y rebentarle los dientes a la mujer, los hijos y el perro, si se tercia, entre canal y canal, como aquél animal que conocí en Cartagena, hasta que se cansa de su ira y le falta tiempo para decir que la culpa no es mía, es de los profesores, del sistema educativo, del pesoe, del pepé, y de la madre que los parió a todos. Y cuando se le acabe la cerveza americana y apague el televisor japonés, dejará el sofá del salón sueco, para subir a la habitación a echarle un polvo a su ya maltrecha mujer, y le pedirá que se ponga aquel conjuntito tan mono que le compró en aquella tienda francesa, que hoy, el león, tiene ganas de fiesta. Y tras siete minutos de sudorosos espasmos animales, se echará la cabezadita, y al volver en sí verá otra vez la tele para darse cuenta que son los otros los que no son naturales, mientras suelta espumarajos contra homosexuales y rojos, hasta dar con su sentido al ver una biblia de tapas duras escrita en latín que se publicó en una imprenta que hay en Sudán. Y tras calzarse sus mocasines de producción vietnamita, se dirige con los colegas al Burguer King, y después de la panzada de grasa pide el café con sacarina y otea en el horizonte un barrio lleno de negros y mulatos. Qué asco, se dice a sí mismo. En este país no deberían aceptar a gente así. Y como no está acostumbrado a pensar tanto en tan poco tiempo, y la furia le nubla la vista, se lleva dos aspirinas a la boca, como si los leones y los negros, pudiesen, tan naturales como son ellos, hacer exactamente lo mismo.