La Mala Gente y otras historias...

La Mala Gente y otras historias (peich antes conocida como "Milton y sus pajas mentales") forma parte de la carencia de instinto de superación, de la falta de cordura y sesera de su propietario; es sólo otro pasaje más en la vida de cualquiera, narrado de forma histriónica, compulsiva y atropellada, en la que uno se da cuenta que lo único que le mantiene en pie son esas pequeñas cosas tan poco valoradas y tan cercanas a todos. Que ya lo decía un cuento -recopilado por Enrique Mariscal en su libro "Cuentos para regalar a personas originales"- que en el cielo existe la bendición de la gracia, la armonía y la oportunidad; en el infierno, ronronea el aburrimiento, la atención a lo nimio y la argumentación excesiva. La buena onda se contagia, y la depresión también.
Esto va dedicado a los que propagan ese aburrimiento, esa atención a lo nimio, esa argumentación excesiva (modificado el 22 de enero del 2008). Roberto Amado Pazos

jueves 29 de enero de 2009

¿Volverás?

¿Volverás?
Su hija le había preguntado lo mismo siempre que tenía que ir a trabajar, como por lo menos unas cien veces. Y a él siempre le había parecido una tontería, como quitándole importancia. Pero cuando subía las vertiginosas escaleras puntiagudas del avión, sentía ese escozor en la traquea que le decía que no era ninguna tontería. Y por eso, cada vez que lo recordaba, creía a pies juntillas que aquéllo parecía una despedida, y que aquélla sería la última vez que la vería. Sin embargo, su trabajo, precisamente su trabajo, sólo le permitía unos segundos para repensárselo. Cada vez que algún pensamiento le atormentaba, era un golpe, o algún bombazo, una sacudida fuerte, una desgracia ajena, el que le sacaba de dudas. Entonces no son las dudas lo que le atormentan, sino, también, el miedo. El miedo a morir solo, sin nadie que cuente su vida, sin testigos ni musiquita ni funeral ni velada ni llantos ni desconsuelos. Nada. Pasar la vida a duras penas para dejarla sola sin nadie que le conteste a lo que te preguntas, a lo que nos preguntamos todos llegado el momento en el que las piezas empiezan a no cuadrar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Por qué tiene que pasar así? Los ojos se le quedan fijados en los de su hija por segundos, y lo peor es que ella lo sabe. Sabe muy bien cuando su padre deja de ser un Dios que todo lo sabe, y se convierte en alguien corriente y moliente que atraviesa por los valles desconcertantes que tiene la inseguridad y su puta madre. Quedarse así, mirándola fijamente a sus ojos redondos y verdes es una imagen que quisiera no recordar nunca, porque rememora sus temores y le vuelve humano. Porque todo lo que ella siempre quiso creer que era él no es más que una coraza insulsa y artificial, que muestra lo que quisimos ser pero nunca nos atrevimos a. Lo único indiscutible es ser su padre para ella, y ser su hija para él. Pero ello no es más importante que afirmar que la fruta es saludable, o que indispensable es el agua que bebemos para vivir, que el cielo es azul porque refleja el color del mar, y que las rosas rojas huelen muy bien. No hay verdades a medias ni mentiras sin final en esos momentos de tal obviedad que hacen daño. Lo fácil sería una respuesta piadosa, un parche para los sentidos, que va destruyendo poco a poco el sentido que tiene comunicarse con el corazón para hacer de esa rutina familiar un caos y un desconcierto tan típico como aceptado por todos. Por todos los demás, los otros, la comunidad y sus circundantes que te dicen constantemente lo que tienes y lo que no tienes que hacer. Y quizás ésa sea una respuesta tangible y factible. Los demás. Decirle a su hija que la culpa la tiene el resto, los que no nos conocen ni saben como somos, pero además, nos afectan. No. Porque en el fondo la adora y la ama con todo su ser, pero sabe que no sabe responderle a algo tan simple. Y es que, ¿tanto cuesta ser sincero? No sé, podría ser panadero, comercial o un simple currante de una cafetería, un camarero, o un cocinero. Y sin embargo... Sin embargo no sabría por dónde empezar. Volvería a encontrar excusas baratas para no decir realmente lo que piensa, hasta acabar soltando una perorata sobre la dignidad y la decencia del trabajo bien hecho, de la valía y el honor que emana de alguien que sabe lo que hace. Pero sabe muy bien que tampoco es eso. No se trata del bien y del mal, de lo que él puede pensar que vale o no para sí. Es su propia manera de entender las cosas lo que le impulsa, lo que le motiva a actuar de esa manera, y eso está fuera de toda concepción universal que divida el mundo en dos partes similares. Fuera de lo que cualquier coraza estúpida pueda entender. Que no se trata de buscar una excusa a lo que haces o dejas de hacer. Puede que haya mucha más gente interesada, y que ella se alegre porque sea así, para que ello le reporte un momento de no ver, no oir, no pensar un poquito, y pueda ser feliz. Pero no es así. No la aceptó en su vida para que fuese como el resto, para vivir entre algodones, para que asimilase esa ridícula forma de felicidad que tiene la gente de pasear por los pasillos de un centro comercial, o disfrutar de un buen programa de televisión delante de una cena con vitaminas, calcio, conservantes y colorantes. Si se hizo fotoperiodista de guerra fue porque le parte el corazón ver a niñas de la edad de su hija con las costillas marcándoles el tórax a causa de la desnutrición, o la malaria, o el cólera, porque no soporta tener que enfocar a cráneos deformes tras un bombardeo en nombre de alguien, o de algo, o tener que aguantar infumables ruedas de prensa en las que desaprensivos afirman cruzadas humanitarias cuando poblaciones enteras son masacradas minutos antes, porque le duele en el alma ver la misma apatía en las caras de aquellas sociedades cultas y civilizadas, como la suya, como la de su hija, que protegen esos valores por los que algún día soñó y después luchó. Lo hace porque alguien tiene que ser testigo de la barbarie. Se supone que así se aprende de los errores. Errores que se pagarán algún día. Y él no quiere que los paguen con su hija. Ella no tiene la culpa. Nadie la tiene.

lunes 12 de enero de 2009

Dios ama a la infantería.

Aunque me gusta contar historias, reconozco que nunca fui muy bueno. Me relaja, me tranquiliza y me sirve como terapia. Hay quien le da por ir al gimnasio y darle guarrazos a un saco de boxeo, yo le doy al lápiz y el papel y, cuando no puedo, a la tecla. No obstante, como me ocurre con la cámara de fotos, uno no siempre está en el lugar adecuado con el equipo adecuado, y se vuelve importantísimo el sujeto como parte del objeto, que se mezcla con él y sale del mismo no sin antes desgarrarlo por completo, es decir, que cuando no tengo ni papel, ni cámara, ni una mísera servilleta de cafetería cerca, las cosas que pasan por mi alrededor se cuentan por sí solas y uno tiene que esforzarse en memorizarlas, dedicarles tiempo a la par de escrutarlas minuciosamente para no caer en un subjetivismo que atrofie, desgarre la anécdota y caer así en el mito, en la exageración, en la batallita. Por eso dije al principio que, aun siendo pésimo, me gusta contar historias. La gente excepcionalmente buena en lo suyo narra la Historia con su puño y letra, los demás, la infanteria, contamos batallas. Y yo me considero de infantería. Como otros que vinieron de otros tiempos y nos enseñaron a hacerlo, las aventuras de tierra firme suelen ser caldo de cultivo para mis frustraciones y glorias personales, y en ellas se configura un buen punto de partida, tanto para quienes deseen conocerte, como para aquellos momentos de indecisión en los que la conversación de ascensor se vuelve rutinaria y hay que agilizar la cosa como sea.

Bajo las luces ténues de los farolillos de un bar cualquiera he pasado muchos de los mejores momentos de mi vida. He conocido a esos gatos pardos de los que habla el refrán y he de admitir que me mosquean un rato. La opacidad de sus pensamientos me provoca alergia, y eso teniendo en cuenta que yo también he salido a pillar cacho. Las noches interminables, en las que el destino pende del peso de la excusa para tomar la penúltima, para acabar rememorando los pasajes que todavía no han necesitado de una destilación para comprenderlos, conversando los pormenores del escote de aquella chica que te pedía tabaco mirándote a los ojos, entre bocado y bocado de hamburguesas de carne genéticamente alterada que sabe a gloria, la especial acidez del garrafón en la primera copa que nos hace escupir y la dulzura extravagantemente espumosa del garrafón a partir de la quinta copa, el serrín del suelo y la manzana macerada, el olor a limón de una buena copa preparada por un barman que te habla de usted con sus manos, sabias no por su buen hacer sino también por lo que han derramado, cigarrillos fumados al derecho y al revés, en esos segundos en que parecíamos mayores y nos enfrentábamos a muñecos de papel maché, lloreras por caprichos de andares vertiginosos que nos hacen perder la cabeza, cuando no lo ha hecho ya la poca sangre en el alcohol, eres música para mis oídos, muñeca, no, no soy tu música, que es diferente, y la melodia que se va por la ranura de su minifalda y el tocloc tocloc de sus tacones, tras ardua tarea la tuya por hablar de flores en medio de un campo de nabos, y la filosofía, qué grande es la filosofía de la caña bien tirada, levantada nunca más arriba del cogote, porque mirar a través del amarillo dorado a la salud de los que están y de los que no es levantar el estandarte de los que nunca nos rendimos a dejar el hábito por mundos felices, plastificados y asegurados hasta los bordes de un retrete y las esquinas de un sofá. Levantar el vaso es saludar a los que siguen contigo en esa dura aventura de vivir sin perder el sentido.

Esto va para todos aquellos que, al menos durante un segundo de sus vidas, compartieron conmigo el gusto de un buen trago y el agradable amargor de un cigarrillo rancio, en una conversación de un bar. Por las duras y por las maduras. Por Chu, por Miguel, Jou, May y los demás, por Mike, Manu y las duras noches en Sada velando por la espalda del de la izquierda, Ra, Sabe, Laura, Raúl y Santana, los veteranos como mis maestros de la infancia Rafa y Manu, y todos los de Ferrol que tantas cabelleras hemos aguantado por no tropezarnos con nuestra propia porquería. Porque siempre me ha gustado la infantería.

jueves 8 de enero de 2009

[El] cuento de [la] Navidad.

Es miércoles siete de enero y unas señoronas zarandean a sus hijos pequeños y berrean con ellos; mientras, un hombre que parece ser el padre de alguno de ellos entra por la puerta del bar con un libro bajo el brazo. No, no parece ni más interesante ni más cuerdo ni más intelectual que los que estamos allí por el hecho de tener un libro, lo que lo hace más interesante y más cuerdo y más intelectual es el hecho de dejar el susodicho tomo en la mesa más cercana a la entrada del local en cuanto ve a toda una maraña de niños que le invaden su espacio vital dispuestos a no dejarle aire en los pulmones. Y ríe y juega con ellos, durante las dos horas que llevamos tomando un café, viéndolos ahí abajo, en su mundo, hablando con ellos de los regalos que los "Reyes Más Mágicos" (Cary dixit) han traído. Sin embargo, ninguno de ellos ha traído nada. Están jugando solos, con sus manos manchadas de chocolate y sus pulmones perfeccionados a lo largo de siglos de evolución selectiva, que les permiten gritar sin compasión, con un hombre que parece el padre de uno de ellos, que grita también y se ríe también. No era el más interesante ni el más cuerdo ni el más intelectual, pero jugaba con los niños, y eso le hacía parecer humano. Al menos, más humano que los que estábamos en el bar.

El mundo cambia y sus costumbres también. Viéndonos desde la barrera alguien podría pensar que aquello que decía Buda, de dejar fluir los momentos como el agua, sin pretender aferrarse a la felicidad eterna ni a la tristeza eterna, como aprovechando el momento y no querer prolongarlo más allá de los límites que impone nuestra propia frustración, como decía, se diría esa persona distante que nadie lo ha leído jamás, y que solamente con citar ese pensamiento se tildaría de herejía, en unos tiempos que el materialismo infame nos hace censurarnos privadamente y permite encerrarnos en casa convenciéndonos de que aquello se llama libertad. Y no, no es otra perorata en contra de la Cocacola ni Papanué ni la madre que los parió a todos. Tampoco quiero hacer una oda a las tradiciones ni a su falsa eficiencia en pos de una familia unida y feliz. Nuestros padres nos han vendido muchas ilusiones, desde la creencia en omnipresentes -lo mismo da Dios que los Reyes Más Mágicos que el Ratoncito Pérez- hasta la forzada y forzosa creencia en una unidad comunal que nos hace impunes a los peligros más aberrantes creados por la humanidad -como una crisis mundial, la muerte de un familiar o qué sé yo, que se te pinche una rueda un día de lluvia en un camino de vacas-. Pasan los años, el mundo cambia y sus costumbres también, y aquellos que las vivimos, porque inmersos en ellas estamos y eso es algo que no podemos negar, tenemos también el deber de cuestionarnos, tanto a nosotros mismos como nuestra proyección en eso que llamamos sociedad. Y qué queréis que os diga, pero empiezo a cansarme de esa liviana y aparente hipocresía que reina el ambiente festivo. He sido engañado, injustamente engañado en nombre de un sentimiento que no entiendo y que, en momentos de máxima reflexión, tampoco comparto. Por aquellas circunstancias que nunca comprendí, por esos momentos que eché en falta, esos segundos que pedí y que nadie me ofreció, esos litros de sudor que nunca derroché, esas risas que por derecho -y por el hecho de ser niño-nunca tuve, por todo ello y mucho más, hoy me voy a cobrar las deudas pendientes que tiene la puta Navidad conmigo. Por traidora, zorra, mentirosa y desconsiderada. Hoy, neniña, te vas a cagar.

La Navidad y su "sentimiento" es todo un cuento chino, y lo sabemos, pero los gilipollas que crecimos en esa adolescencia dulzona de querer morirnos, de la pena eterna, la tristeza y el lagrimeo fácil -ya sabéis, como muy emo todo- y luego, por su propio peso, caímos todos como moscas en la rutina de la verdad y en la sabiduría de la "experiencia por bofetón", a saber, palo llevas, lección que aprendes, nos dimos cuenta un poco tarde de la trascendencia que tenía en nuestras vidas unas pautas tan comunes y sencillas como el hecho de juntarnos todos en determinadas fechas y hacer lo que se espera que hagamos en determinados contextos. Porque todos intuímos -como sé muy bien que canso, pecaré de simplista para no explayarme demasié- que en determinadas etapas vitales, uno hace lo que hacen los demás, y punto. Cuando eres niño todo es felicidad y alegría y dolor de cabeza -para los padres, claro-. Amigos, familiares, un par de juguetes y horas de diversión. Fantástico, genial, fenómeno, como diría el Pequeño Nicolás. Yo recuerdo que, ya desde bien enano, me regalaban un par de cajas de Lego de tamaño medio y me tiraba días enteros montando y desmontando. Otro año me regalaron un muñeco de tela al que le pegabas leñazos. Duró unos quince años, desahogándome y ensañándome con él hasta desgarrarle la entrepierna. Todavía sigue en activo. Lo tiene mi sobrina de ocho años. Y lo que sigue es lo que todos conocen, intuyen y creen saber y que, no les voy a engañar, fue así: yo tuve una infancia feliz. Como se espera que pase, creí a pies juntillas que la Navidad era el motivo de alegría de toda la especie humana, aprendí a tener paciencia esperando un año el turrón de Suchard, creí que los Reyes Más Mágicos y Papanué venían de Oriente y de Laponia respectivamente, que los mensajeros Reales de sus majestades estaban estratégicamente colocados en todos los centros comerciales porque, según nos contaban, allí iban los padres a escoger los regalos que luego traerían a través de la ventana, o la chimenea, la buhardilla, trampilla o puerta, y me lo tragué. Veía pasar con admiración los tractores de los militares llenos de carbón que sólo los verdaderos hijos de puta -me decía a mi mismo con siete años- recibían al amanecer del día seis, por sacar malas notas, por pegar a los demás niños, por ser, en general, malo malísimo. Era, en resumen, un niño normal, ingenuo a veces y lúcido en otras, aprendiz sumiso y dependiente de los quehaceres típicos navideños. Cuando, de repente, en una noche de esas en las que apenas conciliaba el sueño por la tan esperada llegada del gordo de rojo, ¡pam! Me encuentro al final del pasillo, en el salón, a mis padres colocando los regalos debajo del árbol que con tanto esmero preparaba cada vez que llegaba el periodo estival. No supe reaccionar. Tardé unos años en convencerme de lo que pasaba delante de mí. Yo creía, bueno, todos creíamos en ello. Yo sacaba unas notas de puta madre, intentaba no ser demasiado imbécil, invitaba a todos mis colegas en mi cumpleaños y disfrutaba como un enano con lo que me traían. Y en un segundo todo al carajo.

Llegada la adolescencia yerras el tiro y lo pagas con los símbolos que más sobresalen. Me pasé la adolescencia gritando contra el capitalismo, los americanos y la Cocacola, fascistas opresores que nos obligan a engordar las filas de sus ejércitos malvados. En fin. Mirar para otro lado siempre fue fácil mientras se entonan los cánticos pertinentes y la chica que quieres llevarte a la cama se lo cree. Si se lo cree. Siempre la creencia detrás de todo. Creencia en que todo tiene que funcionar, que todo está bien, que no hay ningún peligro. Y te mienten, y te mientes. Yo creía en todo eso años después de ver a mis padres en tal situación. En el colegio mis colegas me contaban que también lo hacían porque no querían dejar de recibir regalos. De adolescente participaba en las comidas familiares sin soltar prenda sobre mis pensamientos acerca de tanto regalo y tanta gaita porque, en cierto modo, prefería engañarme pretendiendo regresar a mi pasado infantil y recordar aquellos maravillosos años en los que, verdaderamente, lo pasaba genial con mi primo Emilio jugando a tonterías que nos inventábamos mientras los adultos, que muchos de ellos todavía rondaban los dieciocho, hacían de las suyas contándonos batallitas e inventando juegos, contando chistes y haciendo muecas para luego verlas en video al día siguiente y esmendrellarnos de risa. Pero no voy a negarlo, nunca estuvo del todo mal. Ser un petardo evidente cuyo discurso repetitivo sobre los males del materialismo puede tener sus ventajas. Y yo, aunque nunca fui guay, sí molaba. Yo me molaba. Decía que todo era una mierda pero participaba de ello y nunca me quejé. Hasta ahora.

Llevo unos años viéndolo todo desde otro punto de vista. Para empezar, nunca supe muy bien qué viene a significar el "sentimiento navideño". Cuando le pregunto a la gente me dicen cosas muy dispares, pero todas tienen una motivación muy similar, que va desde la pervivencia de la felicidad, la ilusión y la unidad familiar. La felicidad, uf, cómo nos gusta la palabrita. Necesaria, deseada pero infravalorada por culpa de complejos y faltos de cariño que hacen de ella una simple moneda de cambio que se puede comprar y vender, y que, en determinados contextos sirve de pretexto para darle un cimiento sobre el que asentarse. En este caso, la felicidad es el sustento principal de todo acontecimiento navideño y la excusa más utilizada por empresas y comerciantes. Comprar felizmente compras para hacer felices a los que has comprado. Compras y más compras que se encierran en un círculo vicioso y viciado retroalimentado por su sentimiento inicial: conseguir la felicidad. Y si puede ser a toda costa, mejor. Por ello los padres se enzarzan en una misión suicida que consiste en magrear, almacenar y envolver paquetes una y otra vez mientras sus hijos observan atónitos juguetes apilados por millares en un almacén gigante en donde cuelgan, felizmente, decorosos rulos con brillantina con mensajes típicamente navideños como Felices Fiestas, o Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. Aquí todo vale, y maricón el último. No vale ninguna excusa, ni crisis mundiales ni cierre de comercios. Ni se te ocurra decir que se te olvidó, y lo del entierro de la abuela ya está muy grillado. Alguien todopoderoso ha sentenciado hace miles de años que hay que ser feliz y aquí ni cristo soltará una lágrima. Despidos masivos y falta de fondos en las arcas estatales que hacen temblar las pensiones de nuestros padres no son motivo para dejar de hacer desde hace siglos. Nos va la marcha y aparentar que nos va, aun cayendo bombas sobre la ciudad. ¿Tienes que tomarte una medicación que te duerme a causa del malestar neurológico que te provocó la muerte de un familiar muy querido, y prefieres pasar estas navidades en casa sin hacer mucho ruido, con tus pensamientos y un par de colegas? Anticristo que te parió. Pero cómo se te ocurre, alma de pollo. ¿Es que no lo oyes? Son los niños de Viena que cantan afuera, en la nieve de tu jardín, para que salgas y les des un chocolate caliente a todos y los despidas con el amor que te profesan, y olvides tus penas y las dejes de lado, para lanzarte de lleno al manto blandito y seguro de la compra on-line. ¿Cómo? ¿Que prefieres afrontar las consecuencias dedicándote unos días sabáticos olvidándote del mundo y pensando en ti, algo que no haces desde años? Noooooooo. No me seas cabrón. Eso no es dignidad ni es ná. Lo mejor para solucionar tus problemas personales es que llames a toda tu familia, a la que no ves en todo el año, no por imposibilidades geográficas, sino por que no los soportas, y les hagas una comida que no pagarán, tirándote toda la tarde y parte de la mañana cocinando algo que pocos agradecerán, para acabar hablando cada uno de su propia vida como la más importante, sin centrarse ninguno en el esfuerzo y dedicación que les has mostrado para, según dice el supermercado de enfrente, encontrar la felicidad. Y eso me lleva a otro punto. El de la unión familiar. Curiosa forma de ver un acontecimiento con tanta solera. Insisto en lo de los tiempos cambiantes. Y dudo mucho eso que se cuenta que antes las familias estaban más unidas y eran más felices. Si era así, en la mayoría de los casos no les quedaban más cojones que serlo. Pero volvamos al presente. He de admitir que, en muchos aspectos mi familia es modélica. Unida, fuerte y abundante. No obstante, ello no la hace perfecta, y como en todas las casas, y en las mejores también, hay rencillas que son lo suficientemente fuertes como para no dejarlas de lado, por mucha Navidad y mucha hostia. Quizá el ejemplo de la pobre moribunda drogada a causa de una depresión sea extremista y poco frecuente como muchos piensan, pero este que viene puede que nos suene un poco más. Qué me decís de los matrimonios mal avenidos, de las separaciones costosas, de las herencias interminables, de las peleas cainitas, de los hijos aguerridos a infumables discursos sobre el eterno valor de su humanidad, violada por hermanos impuros y padres desconsiderados que han provocado su fuga del lecho conyugal. Y si a todo ello añadimos el factor paro, falta de presupuesto, agobio hipotecario, avales sin fondos, qué, suena a algo lejano, ¿no? Y, a pesar de haber vilipendiando a políticos y demás chupópteros por estar todo el año jodiéndonos con quiebres económicos, subidas del Ibex y bajadas de calzoncillos constantes, cuando llega el mes de diciembre, o mejor dicho, noviembre, todos los escaparates incitan y fomentan el sentimiento afable de la navidad y la alegría, y alcaldes y gorrones varios empeñan las bragas de los contribuyentes para engalanar calles y fachadas para que todos disfrutemos de la felicidad y la unión familiar como nos merecemos. Y esto me lleva al tercer punto, evocado por estos dos anteriores: la ilusión. La ilusión que emana de la creencia en algo místico que empaña toda festividad similar. La ilusión de la esperanza llevada al absurdo, de quien cree que no todo es imposible, que siempre queda una segunda oportunidad, un último cartucho que gastar ante la impasividad de un mundo cruel y despiadado que busca la tristeza de los mortales. Visto como lo pintan, parece realmente que el único refugio existente para la felicidad es el búnquer llamado Navidad, en el que se entremezclan grandes celebraciones familiares, encuentros esperados en donde se debate, se ríe y se contagia una alegría pasmosa, en donde los juguetes no son el fin que justifica los medios, sino la sonrisa de cada niño que admira a ese padre que le explica y monta la nave espacial, en donde los veteranos abuelos citan con humildad pasajes de su vida y en definitiva, donde toda la familia junta y unida colabora en las tareas que les llevarán, irrevocablemente, a defenderse del austero mundo con ese escudo tan fidedigno llamado felicidad. Felicidad, unidad, ilusión. No existen niños cabrones que guardan con recelo sus paquetes a la vista de otros niños que miran con envidia, no existen rencillas familiares demasiado potentes como para romper el vínculo del amor fraterno, no existen desgracias ajenas que empañen la inmaculada sensación que evoca una buena copa de champán del caro con todos tus allegados. La Navidad, como la vida, es sagrada. Si con ello te cargas otras circunstancias, otros principios, otras personas, tú mismo. Nadie te obliga, dicen. No existe el dolor. Que digo yo, que por no existir, no existen ni los padres, que dicen, son un invento de los Reyes Magos. Y en enero, rebajas. Que no se te olviden.